Acuario Literario

Amigos hablando y escribiendo sobre literatura.

Escribir en Febrero 2009

Posted by acuarioliterario en 27 febrero 2009

Qué seria preferible la verdad o la felicidad

Propuesto por: Robert Tichener

centrado

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6 comentarios to “Escribir en Febrero 2009”

  1. Juncal said

    Me paro a pensar: la verdad o la felicidad.

    La verdad: busco definirla y enseguida, al igual que el agua fluye en los rápidos de los ríos bravos, las palabras llegan a mi mente, se agolpan, se empujan. Afirmación, certeza, confirmación, franqueza, realidad, sinceridad, y muchas más y todas pueden ayudarme a describirla; es entonces cuando me doy cuenta de lo condicional que puede llegar a ser la verdad, de su relatividad.

    Recuerdo los castillos construidos a la orilla del mar, el abrasador sol de verano, a mis abuelos inmortales aliviando el púrpura de mi espalda con la suavidad de su cariño. Ahora, el tiempo desdibuja la verdad, los veranos son breves y ellos ya no están. En mí quedan las caricias de sus manos, los aromas de sus cremas y la luminosidad que aquellos días, pasados pero no olvidados, tenían. ¡Qué feliz fui!

    Recuerdo lo amarga que es la verdad cuando crees que el amor no es correspondido, cómo te miras en el espejo buscando esperanza y no la encuentras, como incluso la gravedad de la tierra te parece excesiva, como pierde sentido la existencia, como, cuando piensas, florecen mil fines diferentes, todos ellos podían haber sido verdad, pero qué dulce es ver que los hechos de ese primer y actual amor caminan paralelos al corazón. ¡Qué feliz fui!

    Recuerdo los sueños, algunos compartidos, con los compañeros de universidad. Teníamos tan claro lo que el futuro nos depararía que nos podíamos permitir el lujo de elegir, de cambiar nuestro futuro, sabíamos de verdad donde íbamos a estar. La vida se ha encargado de poner a cada uno en un lugar diferente: no todos llegaron a cumplir sus sueños, muchos han terminado en asientos que no llegaron a imaginar, como yo, que aun sin pesar, estoy en uno que no formaba parte de la verdad. ¡Qué feliz fui!

    Recuerdo los ruidos de la casa de mis padres, los juguetes en la habitación de mis hermanos, y mi cuarto, que no compartía con nadie… privilegios de ser el primero; recuerdo ese cuarto que daba a la calle y donde nos reuníamos a jugar; siempre se oían voces de niños por mi ventana, y yo estaba seguro de que tendría muchos hijos. ¡Qué feliz fui! La verdad ha vuelto a cambiar y ahora la felicidad la tengo con uno. ¡Que feliz soy!

    Como las aguas bravas cuando llegan a un remanso, tranquilas, suaves, cálidas, las verdades, que en otro tiempo lo fueron, se transforman y dejan paso a otra realidad que seguro dejará de serlo en el futuro, pero, como siempre, me quedo con la felicidad, sin preocuparme de la verdad actual, supongo que la sal de la vida no siempre es la verdad.

  2. Settembrini said

    VERDAD O FELICIDAD

    “La felicidad está en la ignorancia de la verdad”.
    Giacomo Leopardi

    Ya no recordaba desde cuando veía el mundo desde detrás de aquellos barrotes, no conseguía recordar como era su mundo antes de aquello.

    Todos los días era la misma rutina desde hacía demasiado tiempo, ver salir el sol, comenzar un nuevo día, un nuevo día que invariablemente era igual al anterior e igual que el siguiente, la monotonía diaria. Ninguna aventura por vivir, tampoco ningún sobresalto, todo estaba tasado en este su nuevo, viejo mundo. La comida que en nada era distinta de un día a otro, ni las estaciones eran relevantes para él.

    Lo que su vista alcanzaba a ver nunca cambiaba, el paisaje que podía observar siempre era el mismo, alterado eso sí, por los cambios de las estaciones, que si bien para él eran indiferentes. Fuera, el tiempo se movía, los árboles brotaban cada primavera y perdían la hoja cada otoño.

    Su carcelero se encargaba de que para él nada fuera distinto, ni la temperatura, ni la agitación que cada primavera parecía que conmovían al propio mundo.

    Su vida había llegado a tal punto que ya no sabía que era verdad, lo que sucedía tras los barrotes o dentro de ellos, sobre todo porque ya no era capaz de recordar como había sido su vida antes de aquel encierro, difícilmente echaba nada de menos. Algunas veces le parecía recordar momentos de libertad, de felicidad tal vez, pero no creía que todo en aquellos momentos fuera felicidad. Su vida debió de tener un poco de todo, como a todos les sucede. Al fin y al cabo ahora su vida ya estaba tasada, regulada, ¿protegida?, qué difícil encontrar la verdad, lo real cuando hace ya tanto tiempo que la verdad es difusa y la felicidad algo aprendido tras la perdida de la libertad, para poder seguir siendo o sintiéndose feliz.

    Una mañana el carcelero olvidó cerrar la ventana de barrotes y el preso no sabía si la felicidad estaba fuera o dentro, si el exterior era la verdad o la verdad se hallaba dentro de la jaula.

    Sin dudarlo, voló a un árbol cercano, con miedo, con temor, pero sintió que aquel mundo era el de verdad, su verdad y que por fin se sentía feliz, ahora sí era feliz.

    Madrid, enero de 2009
    Settembrini

  3. Robert Tichener said

    DIÁLOGOS POLÍTICOS

    Tras el pleno municipal, los concejales, Anselmo Gutiérrez, teniente de alcalde, y Ramiro Sánchez, concejal delegado de cultura, festejos y deportes,
    abandonaron precipitadamente el salón de plenos.
    —Vamos, Ramiro, que el partido ya ha empezado.
    Camino del cuatro por cuatro de Anselmo, su compañero de partido le comenta:
    —No va el otro día el gilipollas de mi cuñado Fernando, ése que es librero, y me dice: ¿qué sería preferible, la verdad o la felicidad?
    Anselmo ríe de forma sonora.
    —Efectivamente que es un capullo. Bueno, ¿y tú qué le dijiste?
    —Pues casi me dieron ganas de contestarle lo mismo que cuando me preguntó que qué me molestaba más si la ignorancia o la indiferencia.
    El ruido de apertura de las puestas, activado por el mando a distancia conectado a un dispositivo musical que emitía el pasodoble “Marcial”, ahogó las risas de ambos concejales.

  4. Gerión said

    – Ir a Serrano me encanta- dijo Ana

    – ¡Mira la chaqueta del escaparate! Está bien de precio, necesitas una de “spor” y la vieja está tazada – dijo Ana
    – Es un poco cara – contestó Arturo
    – Si, pero la han rebajado mucho.

    – ¿Por favor, me trae una talla más?
    – ¿Qué tal te sienta?
    – Esta ya bien.
    – Pues nos la llevamos.

    – ¡Trae, ya llevo yo las bolsas! ¿Tomamos una caña?

    – ¡Dos cañas, por favor!

    – Madrid en invierno con sol es una maravilla.

    – Pues yo quiero que los niños vayan a la universidad.

    – Pero esto… como con nuestros padres que se iba a la universidad porque era así.
    – Si, pero no me importaría que si son malos estudiantes se apuntarán a un módulo.
    – ¡No! ¡Hay que tener un título!, para eso está el dinero. Si nos les da la nota se van a una universidad privada o a una del extranjero, que al menos vuelven con el idioma.

    – ¡Por favor, otras dos cañas!
    – Ponen buen aperitivo en este sitio.

    – ¡Oye! ¿Qué te parece el cura de la catequesis de la niña?
    – No se.
    – A mi me cae mal, las misas son un coñazo. Debe ser kilo y no soporto a esos creacionistas.

    – Últimamente no escucho las noticias de la radio ni las tertulias, sólo hablan de la crisis.
    – Si, ¡verdad! Te deprime y te crea angustia.

    – ¡La cuenta!

    – Bueno, ¡vámonos!

    – Mira que bien toca ese señor.
    – Debe de ser de esos que vienen del este.
    – Le voy a echar un euro.

    – Oye, se me olvidaba decirte que hemos quedado mañana con Antonio y Maria Luisa para cenar.
    – Vale, ¿Dónde?

    FIN

  5. El viajante said

    Con las tripas: Notas desafinadas para orquesta y piano

    En la calle, las luces tintineaban y la tarde hacía ya un rato que había emprendido la huida, cuando un ligero escalofrío le recorrió el cuerpo como la brisa de un soplo o de un aleteo.

    Raúl se estremeció y buscó refugio arrebujándose contra ella. Abrazó el vacío y se despertó inquieto, con la boca aún fresca. Durante unos segundos, dejó que su mirada vagara por la habitación, hasta que esta se le hizo familiar y reconocible.

    En la penumbra, sobre la pared, unas bailarinas borrosas y atrevidas escuchaban gozosas como la voz de Nina Simone ponía ritmo al repiqueteo del agua en los cristales. En la mesilla, la brasa de una colilla derramaba su ceniza desde una de las latas de cerveza.

    Desde el cuarto de baño se filtraba una tenue luz, y sobre ella cabalgaba la voz de Carla hablando por el móvil. Su voz suave y ligeramente grave sonaba alegre, casi musical, ni muy baja, ni muy alta.

    Raúl se tranquilizó al oírla, recuperó el sosiego que su ausencia le había quitado, y entornando los ojos, dejó que la melodía le meciera hasta sumergirlo en el bienestar que solo un chute de tierra mojada proporciona.

    Permaneció así, flotando en el placer del abandono, hasta que una larga pausa en la conversación telefónica le devolvió a la realidad. El prolongado silencio de Carla le hizo sentir curiosidad. Entonces, apagó la radio y prestó atención.

    ­ Sí, a mí también me pareció agradable, tal vez podamos repetirlo, ya sabes que las cosas ocurren sin mucha lógica…
    ­ Claro que es verdad, por qué no iba a serlo…
    ­ No te preocupes, lo tengo todo preparado, llegaré a tiempo de recogerles a la salida, se lo he dicho esta mañana…
    ­ Sí, sí, vienen el domingo, ellos son tres…
    ­ ¿A quién?, ¿a él?; no, no le conozco, creo que es muy divertido, a ella se la ve feliz…
    ­ Vale, de acuerdo, te llamo cuando salga; ahora tengo que colgar.
    ­ Yo también…
    ­ Un beso…

    Carla acabó de despedirse y colgó, dejando sumido a Raúl en un juego de adivinazas, para el que apenas tuvo tiempo, ya que poco después escuchó el correr del agua y la vio aparecer a medio vestir, sacudiéndose la mojada melena de pelo negro y rizado.

    Carla, recogiendo al paso los pantalones del suelo, se acercó a él diciéndole:

    – ¡Vamos, perezoso!, ¡espabila y levántate¡. Se hace tarde, y tenemos que abandonar el paraíso antes de que nos expulsen de él para siempre.

    Raúl no reaccionó, esperó quieto y en silencio hasta que ella estuvo al alcance de la mano. Entonces se incorporó un poco, la tomó por la cintura, la invitó a sentarse a su lado y, esbozando una sonrisa socarrona, le dijo.

    – No te pongas nerviosa, Carla, de este edén de cuatro paredes no pueden expulsarnos, ninguno de ellos sería capaz de reconocerlo; y transitar por él seguro que les resultaría demasiado árido. Además, todavía nos queda por devorar un buen trozo de la manzana.

    A Carla se le endureció la mirada y se le ensombreció el rostro; no le gustaba la tristeza sarcástica con la que Raúl la obsequiaba últimamente, prefería la comunicación directa, sin equívocos.

    Con un movimiento brusco, Carla se zafó del abrazo de Raúl, retiró las sábanas que le cubrían y le espetó con fuerza.
    – Mueve el culo, ¡coño!; Déjate de ironías y sé buen chico. Ese vergel sin flores como tu le llamas es todo lo que tenemos y posiblemente todo lo que tendremos, pero ahora hay que hacer lo que toca, y lo que toca es volver a casa. No quiero perderte y no quiero que me pierdas. ¿Te queda claro?.

    Raúl encajó el gancho, ya estaba acostumbrado; cada vez que se asomaba al abismo, y el vértigo les ponía en peligro, Carla intentaba devolverle a la realidad con un crochet de izquierda directo al mentón. Alargó el brazo tratando de atraer de nuevo a Carla y con un tono conciliador intentó retenerla de nuevo.
    – Venga Carla no te enfades, todavía es pronto, quédate un poco más, podemos pedir que nos suban algo de cenar y aprovechamos para revisar las últimas piezas que he comprado, seguro que te gustan.

    Carla le miró, dudó un momento y terminó de abrocharse la blusa. Se sentó de nuevo sobre la cama y, comenzando a calzarse, trató de explicarle lo que él ya sabía:
    – No puedo, me espera un largo fin de semana, sabes que me necesitan, no insistas, haz como siempre, pónmelo fácil, no tentemos a la suerte.

    Raúl, le dio la razón y cejó en su intento. Cuando dos veranos atrás durante una fiesta de antiguos alumnos comenzaron este viaje de destino incierto, habían acordado no mentirse y pagar a medias; estas eran sus únicas reglas y, ellos creían que cumplirlas les daba suerte.

    A media luz, mientras observaba como ella terminaba de vestirse, Raúl deseó que el futuro se retrasara, y que la vida dejara de ser como esas comedias de enredo, en las que las puertas se abren y se cierran, siempre a destiempo, impidiendo que los protagonistas se encuentren.

    Luego cuando ella acabó de acicalarse, Raúl puso los pies en la tierra, respiró profundamente, recuperó el ánimo y, esbozando una sonrisa pícara le dijo a Carla:
    – Ten cuidado con la vuelta, bombón: hueles a limpio, hueles a jabón.

    Ella, esta vez, soltó una carcajada y haciéndole burla con la lengua, le respondió.
    – No te preocupes, aún tengo que cruzar la ciudad; además, para ellos siempre huelo igual.

    Sin esperar respuesta, Carla miró a Raúl con ojos traviesos, se acercó rápidamente y, por sorpresa le plantó un sonoro beso en la cara. Él, sorprendido, le devolvió solo la burla, y, cruzando las manos tras la nuca, la vio marchar, a la pata coja, entre risas, con el abrigo sobre un brazo y con su enorme bolso en bandolera.

    Al llegar a la puerta, Carla se volvió, le guiñó un ojo, y de un solo golpe le hizo besar la lona.
    – Con las tripas, te quiero con las tripas; no lo olvides.

    Raúl, sin aliento, grogui, con la mirada nublada, asintió con los ojos y le devolvió un imperceptible.
    – Yo también, cielo; yo también.

    Siguió sus pasos hasta el ascensor y cuando estuvo seguro que este había recorrido los cinco pisos que les separaban de la calle, dejó que la emoción que le embargaba se desbordara hasta casi ahogarle. Estaba asustado y confundido, siempre había sabido que la felicidad es extraña, esquiva y fugaz, pero nunca pensó que fuera tan difícil de conjugar.

    Algo después, mientras se duchaba, repasó y puso en orden los últimos acontecimientos; luego se envolvió en una toalla y, con el pelo todavía húmedo, se acercó al ventanal, donde, una a una, respondió a las llamadas perdidas.
    – No, no, de verdad que no he podido, me he quedado sin batería…
    – De acuerdo, diles que sí, el lunes firmamos, yo me encargo…
    – No, no me esperes, aún no he salido, cenaré en la carretera…
    – Me alegro que te gustara, estuvo muy bien…
    – Sí, ya sabes que es verdad, ¿por qué no iba a serlo?….
    – Sí, vienen el próximo fin de semana.
    – A ella, no, no la conoces. creo que es simpática, a él se le ve feliz…
    – Yo también…
    – Un beso…

    Con el pelo ya seco, Raúl se ajustó el reloj, cogió el dinero, echó una última ojeada a la habitación, apagó la luz, cerró la puerta y, despacio, muy despacio, se dejó engullir por la noche.

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