Acuario Literario

Amigos hablando y escribiendo sobre literatura.

Escribir para el 31/3/2009

Posted by acuarioliterario en 1 marzo 2009

¿Por qué sus piernas me atraían tanto?

Propuesto por: Juncal

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4 comentarios to “Escribir para el 31/3/2009”

  1. Settembrini said

    ¿Por qué sus piernas me atraían tanto?

    No lograba apartar su mirada de las piernas de la mujer que tenía enfrente. Desde la postura en la que se encontraba, la cabeza inclinada hacia el suelo y una gorra de béisbol que le tapaba el rostro, tan solo alcanzaba a ver desde las rodillas hasta los zapatos. Era evidente que no llevaba medias y sus zapatos estaban nuevos y muy limpios.
    Muy al contrario, él ya no mantenía ninguna de esas dos cualidades, nada nuevo y nada muy limpio. Su vida había comenzado a cambiar muy deprisa desde el mes de enero, de ser un ejecutivo de éxito en el mes de diciembre había pasado a engrosar las filas del maldito paro, sí, él era uno de esas fatídicas cifras convertidas en porcentajes, con las que el común de los mortales se desayunaba todas las mañanas.
    El director del banco no tardó mucho en llamarle tras no encontrar su nómina como todos los meses, al contrario que su hipoteca que siempre llegaba puntual. Poco pudo decirle, que estaba atravesando un momento complicado, pero que se resolvería rápidamente, no había que dar demasiadas explicaciones.
    Su móvil, el suyo, el particular, misteriosamente cada día sonaba menos, es como si no quisiera perturbar los pensamientos de su nueva situación. Antes, el súper móvil de la oficina era difícil mantenerlo en silencio, a menos que se apagase.
    Junto con el móvil dejó atrás otras muchas cosas, de unas se acordaba más que de otras. De la secretaria nunca había llegado a saber nada más allá de su nombre, si tuviera que describirla es posible que no pudiera recordar mucho, ni tan siquiera el color de su pelo. Del BMW sí se acordaba, significaba mucho para él, lo había conseguido como el resto de su posición, de manera muy rápida, habían sido unos años de trepidantes excesos en todos los sentidos, y él no se había perdido ninguno. Ahora en el garaje de su flamante edificio, en el que había organizado una gran fiesta hacía menos de un año, ya no aparcaba el coche, al fondo estaba su vieja moto de estudiante, de la que no había querido desprenderse por alguna razón sentimental, que ni tan si quiera recordaba.
    Sus piernas le atraían tanto porque le daba vergüenza mirarle a la cara. En aquella situación, si contestaba acertadamente a sus preguntas, dispondría de un pase para comer caliente todos los días durante los próximos treinta en el comedor social en el que se hallaba, contando lo mejor que sabía su nueva situación.

    Madrid, marzo de 2009
    Settembrini

  2. Juncal said

    A 30 metros bajo tierra.

    Aquel día parecía como los anteriores, la misma sensación de agotamiento, las mismas escaleras desgastadas, el mismo andén destartalado, el mismo vagón sucio y el mismo calor, que en el mes de julio se hacia abrasador. Me esperaba, de nuevo, el largo trayecto, estaba otra vez a 30 metros bajo tierra. Pero no, aquel día no iba a ser como todos, hasta tuve suerte y pude sentarme, había un asiento libre y nadie a quien debiera cedérselo. Estaba flanqueado por dos curiosos personajes, ambos, con ligero sobrepeso, al sentarme tuve la sensación de encajar entre ellos como lo hacen las piezas de un puzzle, me coloqué la camisa y saqué el libro que me acompañaba esos días al trabajo, lo abrí y empecé a leer y a soñar y me dejé llevar por la historia.

    Después de una de las paradas un perfume dulce, cálido, femenino y embriagador, tiró de mí y me sacó del ensimismamiento, levanté la mirada levemente del papel, enfrente, muy cerca, tan cerca que el pudor no me permitía seguir subiendo la mirada, estaban aquellas resplandecientes, eróticas y largas piernas, cubiertas por unas brillantes medias de cristal. No sé todavía cómo pasó, pero vi cómo abría sutilmente las piernas y apoyaba sus manos sobre mis hombros. Mi corazón latía desbocado, la sangre inundaba todo mi cuerpo, sin excepción. El vagón se había quedado vacío e incluso se podía escuchar música, coloqué mis manos sobre sus rodillas, sentía la calidez de su piel a través del cristal de las medias y comencé a experimentar una excitación que hasta ese día no conocía. Noté cómo ella se estremecía a medida que mis manos iban subiendo; también subía mi excitación, estaba a punto de llegar a lo más alto, cuando la llegada a la estación provocó que el libro se me cayera a los pies. De forma violenta fui devuelto a la realidad. Delante de mí tenía un maletín negro, ella se había bajado en alguna estación anterior y ni siquiera sabía cuál era el color de su pelo. Sentí una profunda decepción, no tenía ninguna referencia para encontrarla.

    Durante un tiempo los viajes transcurrieron como siempre, a excepción de que cada vez que se abrían las puertas en alguna estación, mi ritmo cardiaco se aceleraba mientras la buscaba con desesperanza entre la multitud. Un día la distinguí entre la gente que salía del vagón. La miré la cara y se me paró el corazón; tenía una melena larga castaña y ondulada, nuestras miradas se cruzaron fugazmente y me enamoré de sus grandes ojos verdes acaramelados. Pasó tan cerca de mí que fue cuando supe que era ella. Volví a embriagarme con su perfume dulce y cálido. El convoy arrancó y con él mi corazón volvió a latir; otra vez se había ido. Miré por la ventana y me enamoré también de su elegancia al andar, cuando llegué a su altura nuestras miradas se cruzaron de nuevo. Esta vez no fue fugaz, estoy seguro de que ella también me buscó.

    Juncal

  3. Robert Tichener said

    Porqué sus piernas…

    Siempre me pregunté por qué sus piernas me atraían tanto. No era su rostro, enmarcado siempre por aquel corte de cabello negro y lacio, que tanto me recordaba a Edith Piaf; ni sus delicadas manos, siempre tan pálidas, que pacerían las de una actriz del teatro Kabuki; ni su estilizado cuello, no. Eran sus piernas, ceñidas siempre por unas medias negras, tan opacas que no permitían saber si su piel estaba o no tostada por un sol al que nunca supe si se expusieron. Tampoco era su mínimo pecho, que dejaba entrever con aquellos vestidos ceñidos, siempre de vuelo, de escote francés y que alguna vez, cuando se inclinaba hacia delante dejaban ver sujetadores bordados de un encaje fino y delicado. No, siempre fueron aquellas piernas, lo que más me atrajo de ella. Sobre todo cuando se las quitaba, sentada en su silla ortopédica y las guardaba en aquel estuche de madera, negro, como las medias que las cubrían, mientras yo le miraba desde el sillón de cretona, en la esquina de su dormitorio y saboreaba una copa de absenta que ella siempre me servía al llegar.

  4. José María said

    Una silla metálica. Mi único mundo.
    Todo había sido rápido, un golpe en la cabeza cegó mi conciencia, cuando desperté estaba atado a ella, con las manos a la espalda y los ojos vendados… el silencio gritaba fuerte, muy fuerte. El pánico invadió cada rincón de mi cuerpo, me sentía pequeño, muy pequeño…
    Intentaba abrir mis oídos.
    Intente imaginar como era aquel sitio, que presentía frío, oscuro, grande, no sé cuanto tiempo pasó antes de darme cuenta que no era un sueño, que era real.
    Volví a intentar, con todas mis fuerzas, abrir mis oídos… empezaron a aparecer, lejanos, irreconocibles, me enfrasque en intentar reconocerlos, poco a poco aquellos confusos sonido empezaron a tomar forma en mi conciencia, me concentre en uno de ellos y pude verlo, el viento agitaba lo que yo creía unos postigos de madera, a mi espalda unas gotas de agua, en otro rincón ratas…
    Un lejano sonido desvaneció mi imagen, todo mi cuerpo estaba alerta, alguien se acercaba. Lejano. Inquietante. Paso firme.
    Cuando estuvo a mi altura, me cogió del pelo haciendo que sin ver nada mirara al cielo, me quede sin aire, algo rozo mi cuello, lento, suave, frío. En esa postura podía adivinar contornos por la parte baja de mi postiza ceguera… Sólo distinguía unas piernas, pasé mucho tiempo siguiéndolas por mi pequeño campo de visión, las imagine firmes, inmensas. No sentía miedo, me preguntaba como sería el resto del cuerpo, se convirtieron en mi obsesión, intentaba seguirlas…

    ¿Por qué esas piernas me atraían tanto?…

    Podían llevarme al olvido, podían guiar los pasos de ese cuerpo lejos de mí, y sin embargo las necesitaba cerca, en algún momento rozaron las mías y me gusto.
    Ya no me importaba que aspecto tenia aquel lugar, ni su olor, sólo esas piernas, se abrieron frente a mi, apretaron con fuerza las mías, en mi frente un círculo frío, en el aire un sonido metálico….

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